Mostrando entradas con la etiqueta historia. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta historia. Mostrar todas las entradas

miércoles, 8 de marzo de 2017

El sexo puede ser aburrido y no pasa nada


No sé qué me pasó. No sé si fue que esperaba ver los fuegos artificiales que veía cuando jugaba al Sims de pequeño o que simplemente no estuve realmente hecho nunca para los placeres de la carne. El caso es que me aburro follando. Y voy a usar follar porque no creo haber hecho el amor nunca. Y acostarse tampoco vale cuando no estábamos en una cama.

Esta entrada será para recopilar un poco mis pensamientos acerca de esta cosa curiosa de meterse entre sábanas desnudas con una persona o varias, pensando que vais a daros el postre más dulce del mundo entre gemidos y algún que otro arañazo. Es mi experiencia personal y que cada uno luego piense en lo que ha vivido.

Este tren de pensamiento arranca el día que notando unas nalgas estrellándose contra mi abdomen mientras escucho placer de una compañía pienso ¿qué me puedo hacer cena? Me quedan un par de pizzas pero no sé cuándo me caduca el pollo. ¿Inapropiado? Puede. De todas formas nunca fui descortés y siempre, cuando me he metido en algún tipo de faena he cumplido y llegado hasta el final. Que no nos quiten el ser amables, por favor. El caso es que desde ese momento y en adelante, siendo el monstruo paranoico siempre-pensante que soy, no he parado de experimentar, probar y encontrar sólo para darme de bruces contra una pared de insensibilidad. Ni el sexo cariñoso ni el sexo duro, ni el que consiste en hacer daño ni el que consiste en cerrar los ojos. Ni con mordiscos ni con besos. Ni vaginas ni penes. Ni barbas ni pintalabios. Ni con mamadas ni con coños mojados. El sexo me aburre.
Y me aburre físicamente. Sí, siento placer. Y, claro, me corro. Me canso y siento la adrenalina por todo mi sistema circulatorio. Si me muerden un pezón voy a retorcerme y si me acarician la línea de la espalda me recorrerá un escalofrío. Pero no podré evitar verme desde fuera queriendo decirme:
–¿Qué carajo estás haciendo?
Porque sienta el impulsante deseo de sentarme con la persona que ahora se encuentra gritando entre mis brazos para que me cuente qué sueños tenía cuando aún le daba miedo la oscuridad o, mejor aún, cuál es su cuento favorito, ¿y por qué ese y no otro?

Tampoco me veas como un extraterrestre. Algunas de mis mejores memorias están en darme cabezazos contra las paredes de un ascensor bailando entre los besos y abrazos de alguien que me quiere hacer sonreír. También en las noches en vela, estando horas y horas, desnudos y juntos, cansados y honestos, hablando de quiénes fuimos y de cuál estrella pudimos haber venido. Hubo una noche que la pasamos rascándonos la espalda y cantándonos canciones de Disney al oído.

Porque si hay algo que saco en claro del sexo son las miradas. Las miradas de estar completamente a merced de los deseos de alguien. Sé que durante, antes y, sobre todo, después del sexo escucharé palabras que nadie más, jamás, ha escuchado en toda la historia de la humanidad porque estarán hechas de las entrañas de esa persona que se retuerce entre las almohadas y la oscuridad de una habitación desordenada. Eso me maravilla. Tanto como los pequeños gestos que alguien no tiene fuerzas de evitar, las rarezas peculiares de cada uno que en momentos tan intensos no son capaces de esconder, pequeños detalles que los definen y te hacen quererlos, quererlos porque acabas de ver algo tan precioso que no te lo crees.
Esas cosas me apasionan.
Supongo que por eso sigo intentando explorar cuerpos, historias y sueños privados. Aunque tenga que tramitar un polvo. Soy un astronauta que le gusta dar los primeros pasos en la Luna pero enseguida quiere ver cómo se siente pisar en Marte. Se me da mal quedarme, se me da mal recrearme, se me da mal disfrutar de que es la vigésima cuarta vez que su culo se estrella contra mí y de que sus gemidos son cada vez más fuertes.
Me quedo contemplativo, mientras todo se mueve a cámara lenta y mi mente se convierte poco a poco en ruido estático de una de esas televisiones de antes.

No. No creo que disfrute besarte, no creo que disfrute morderte ni creo que disfrute follarte. Sobre todo eso último. Aunque sí voy a disfrutar cada una de las sonrisas que sea capaz de sacarte, tanto como todas las veces que te haga temblar. Voy a querer recorrer la carretera que tu columna dibuja en tu espalda como un conductor borracho, voy a querer ver qué brillos desprende tu mirada cuando soy capaz de sorprenderte y voy a querer saber a qué saben tus dedos cuando bailan con los míos como si fuesen su propia fiesta lejos de los nerviosos cuerpos.

Y es que no hay realidades cerradas, blancos y negros, todo es una maraña de sin sentidos. Más cuando lo que intentamos ver es un baile bailado a oscuras y entre edredones y sábanas mal puestas. Tampoco sé si quiero disfrutar esto tanto como tantas otras personas lo hacen.

En parte y en secreto y en bajito te digo que me gusta que el mayor placer que me dé meterme en una cama contigo vaya a ser cómo me miras.  Cómo tus ojos han sido capaces de encontrarme o cómo tus brazos han podido sostenerme sin que este pájaro nervioso que se ha atrevido a bailar contigo se escape por la ventana.
Lo siento si no soy capaz de gemir, lo siento si mi orgasmo es algo que sólo aparece en los libros de mitos y leyendas, lo siento si voy a estar más centrado en mimarte que en ponerte y lo siento si alguna vez me ves con la cara que ponía Amélie.
Aunque juguemos al mismo juego cada uno tiene unas reglas diferentes y lo que nos va a importar al final es que nos lo pasemos bien.

El sexo me aburre. Tú no.

–Un idiota






viernes, 27 de mayo de 2016

Palabras de un idiota

El ego es un arma arrojadiza.
Quitárselo para ser feliz.
Bebérselo para ser libre.
Y pinchárselo en vena para gustarte.
Es jodido, necesario, estúpido.

¡Es el más idiota de todos los tontos!

Recoge tus cosas y vete, déjame tus huellas.
Déjame las cicatrices y tu ropa.
La sangre costra y las pesadillas viudas.
Recoge las lágrimas que nunca fueron tuyas.
Sé la musa de aquel que te soporte.

¡Es el más idiota de todos los tontos!

Porque no te quiere.
Ni te soporta.
Ni te aguanta.
Ni puede verte una vez más.
Aunque quiera recorrer tus venas
como un conductor borracho
de sueños frustrados y familiares muertos.

¡Es el más idiota de todos los tontos!

Deshazte del humo despeinado de tu aliento.
Mándate como profeta de tus moratones.
Arráncate las canciones de amores mortales.
Quémate las palabras que te apropiaste.
Rómpeme cada hueso amarillo que te quiera.

Quizá así encuentres al más idiota de todos los tontos.


sábado, 23 de enero de 2016

Cosicas culturales entre Occidente y Oriente

                Cuando el ser humano es consciente de sí mismo y comprende cómo transmitir los conocimientos de toda una vida de generación en generación comienza la cultura y con ella la religión, es decir, un sentimiento de maravilla hacia la existencia y la realidad.
Este sentimiento más tarde se define, se domina y se dirige para unos objetivos y otros. Hubo pueblos que usaron la religión para tener control sobre su sociedad, quien la usó para superar el arte, quien la usó para dar calma a su espíritu. Tantas respuestas como seres humanos ha habido.
Pero, ¿cuándo ocurre esto?

La teoría antropológica más extendida nos cuenta que ocurre a través del crimen, el crimen original del que beben todas las culturas. El crimen de matar a un hermano.
Al rival opuesto, al reflejo de uno mismo. Cuando se comete el homicidio entre iguales es cuando el superviviente es consciente de lo que ha hecho y es este momento de reflexión el que genera las ideas, los miedos y los sentimientos metafísicos del hombre porque se enfrenta a algo que no acaba de comprender: La Muerte. Y de esta manera comienza a rendir culto a sus muertos, al muerto. Este sacrificio, este crimen da el origen al orden humano, es cuando uno grita y el resto calla para escuchar qué está pasando.
Y para que esto no vuelva a pasar se crea el rito, la repetición del crimen mediante la representación del mismo. Se recrea el momento de la sangre para no derramar sangre de más y así traer el orden una vez más. Y pasan generaciones y generaciones. La sangre y tripas se convierten en confeti y el chivo expiatorio en un tótem, en un muñeco o en un personaje extraño. Los ritos que tratan de imitar el momento originario se vuelven cada vez más vagos, un teléfono escacharrado a través del tiempo. ¡Lo cual es alarmante pues sin rito se pierde el porqué del orden! Entonces comienza el mito.
El mito es la historia, la leyenda, que justifica el rito. El “porqué hacemos esto”. El mito no sabe de qué habla y el rito no entiende qué hace. Lo cual resumen bastante bien la caótica dirección humana.

¡Bien! Pues con estas pequeñas nociones podemos comenzar a hablar de las formas que estos mitos han tomado en el mundo.
La geografía de esta gran gota de agua que es el planeta Tierra ha dado dos principales corrientes de pensamiento a lo largo de milenios: Occidente y Oriente. Y las diferencias de éstos radican, tienen como raíz, sus mitos. Y es que los mitos, que no saben de qué hablan, dan forma al mundo pues son los porqués de lo que hacemos y hacemos lo que nuestra cultura, hecha de mitos y ritos, nos han enseñado a hacer. Y por lo que hacemos somos quienes somos. Es por ello que nuestra identidad coincide con los mitos que nos han construido.

A través del tiempo el individuo de Occidente y el individuo de Oriente han tenido diferentes experiencias vitales a pesar de ser ambos un saco de agua hecho de los mismos materiales y las mismas posibilidades.

El individuo de Occidente por lo general siempre ha sido más ambicioso, creció con grandes epopeyas y épicas. Aventuras maravillosas que prometían gloria y fortuna, honor y maravilla. Aventuras que él, si era tan valiente como Ícaro, tan fuerte como Thor, tan resistente como Cú Chulain, podría vivir y superar. ¡Qué habrá más allá del horizonte!
Hasta el judeocristianismo el individuo occidental era un ser belicoso con ganas de llegar más lejos que sus padres. Su vehemencia le impulsaba hasta nuevos horizontes y su camino estaba escrito en las estrellas y en el destino. La filosofía judeocristiana liberó sus actos, se hizo dueño de sus propias pisadas. Esto hizo que el paso de la niñez a la madurez no sólo trajese consigo la responsabilidad para con su comunidad sino que se le exigía ser creativo e innovador. Es decir, ser algo que la tierra nunca antes había visto.

Por otro lado el individuo de Oriente, acorde a sus cómodos climas, se hizo armonioso y buscaba la no perturbación de su existencia. Su experiencia vital se tornó pacífica y en busca de la perfecta organización vital. Sus mitos hablaban del regalo de la vida, de cómo los dioses habían logrado todo esto y como todo esto por tanto era sagrado y mejor no tocarlo. El individuo oriental tiene un destino, y ese destino está grabado en los códices que los creadores del mundo dejaron, su misión ya está prescrita y ahora sólo tiene que seguirla.
Se le pide ocupar el orden que le toca y si no le gusta no se preocupa porque tras la muerte tendrá otra oportunidad. Así el mundo se torna estable, un sistema imperturbable que pide al individuo que cuando se vaya deje todo como estaba.
Desde Japón a India a China a Oceanía.

¿Qué tienen en común estas dos culturas aparentemente opuestas?

La experiencia que sufren ambos individuos es traumática y es la misma. Y es traumática por el hecho de que todo en este mundo supera al individuo, desde una montaña, a la fotosíntesis, a la lluvia, a otro individuo. Logramos calmar nuestra existencia gracias a las respuestas que nuestra cultura da a la multitud de preguntas que nos surgen a medida que vivimos.
¿Qué es un trueno? ¿De dónde venimos? ¿Por qué un río crece o decrece en su caudal? ¿Por qué se mueven las estrellas? ¿Qué es la luz brillante que hay a veces en el cielo que ilumina toda la tierra que veo? ¿Qué soy? ¿Quién soy? ¡¿Qué es todo esto?!
Como todos somos igual de “idiotas” y maravillados por nuestra existencia, otros han dejado las respuestas que han encontrado para que nosotros podamos dar respuesta a aquellas preguntas que aún ningún antepasado nuestro ha respondido.
Entonces, naturalmente, esas respuestas nos dan claves para responder nosotros a aquellas preguntas para que las que no encontramos respuesta. ¡Y esa clave depende de los abuelos que tengas! Pero el método es el mismo.

Por simplificarlo, el oriental y el occidental se comen la misma existencia pero cada uno le pone una salsa diferente.
Es por esto que las diferencias que se encuentran, aunque significativas en la vida de cada uno, los sueños de cada uno, las aspiraciones, lenguajes, filosofías, comidas de cada uno son simplemente consecuentes de las respuestas que han encontrado en sus antepasados. Pero su existencia, esencialmente es la misma. Y así igual que unos macarrones con salsa curry y pimentón no se parecen en nada, aparentemente, a unos macarrones con chorizo y tomate ambos son platos de macarrones, y para ambos hay que cocer la pasta para luego echarle la salsa. Lo mismo pasa con el individuo oriental y el individuo occidental.
¿Qué diferencias hay por tanto en su experiencia vital humana? Todas las del mundo, aunque son diferencias de forma no de esencia. Difieren en la concepción de qué espacio ocupan en el mundo pues el occidental ha de innovarlo y el oriental armonizarse con el que ya hay pero ambos buscan ocupar un lugar en el mundo. Difieren en su filosofía, mientras que el occidental busca respuestas sin parar desechando, dudando o cuestionando las anteriormente dadas, el oriental busca el camino para dar las respuestas que anteriormente se dieron pues dar otras sería equivocarse, pero ambos buscan dar respuestas. Difieren en cómo ven el horizonte, el occidental ve algo que cruzar y el oriental algo que defender, pero a ambos les preocupa.
Y así con absolutamente todo.

Sus diferencias y similitudes son por tanto cuestión de lo que su cultura hace de ellos más que del individuo en sí mismo. Y lo que crea su cultura es lo que sus individuos hacen de ella. Y es este círculo lo que mueve el mundo hacia futuros inciertos que, sin duda, serán la mar de interesantes para ambos individuos.


ÚLTIMOS PENSAMIENTOS

                Estas realizaciones están bien, pero ¿dónde nos deja todo esto hoy? ¿Qué hacemos con ellas? ¿Nos ayudan a comprender el mundo hoy?

Sostengo que sí, y más que nunca. Como dijo Joseph Campbell los horizontes que separaban a Oriente y Occidente han caído y la cultura ha comenzado hace décadas a comportarse como una corriente de convección tratando de templarse.
Occidente y Oriente chocan, beben el uno del otro, se gritan, se cierran, se abren. Hay una tormenta cultural contradictoria importante pero maravillosa y creo que de eso va el posmodernismo. De reconocernos todos globales y humanos, esa es nuestra vanguardia, tomar todas las culturas como herramientas a nuestro al alcance con las que poder manchar el mundo con nuestras intenciones. Para bien, mal o regular.
Y sí, una vez más, es muy posible que los mitos dejen de entender qué es lo que los ritos representaban pero también es muy posible que la cultura de la información y la comunicación no deje que nada se pierda, no deje que nada se malentienda pues todos estamos atentos y activos para con nuestra comunidad y esa comunidad es más grande de lo que un ser humano puede concebir. ¡Y está formada de orientales y occidentales!

El mejor escenario es aquel en el que los seres humanos globalmente en los otros seres humanos. Donde la experiencia vital de cada uno sólo es tintada de unos colores u otros pero la esencia está intacta y es la misma.
Aún creo que nos queda un gran trecho hasta ese momento. Quedan muchos rechazos, quedan muchos golpes y gritos. Pero es probable que en las próximas décadas una nueva cultura con lo mejor de cada una nazca por el progreso armónico del ser humano. ¡La probabilidad existe! Pero hemos de ir con pies de plomo.

Vivimos uno de los momentos más interesantes que la humanidad ha vivido y tenemos una oportunidad de que salga bien. De ser más que un destello en la eternidad del espacio, tenemos la oportunidad de ser una llama inapagable que recuerde al vacío del cosmos que una voz ha surgido. Que los hermanos ya no luchan, que ya no hay que sacrificar más al fuego. Y a pesar de las muertes, los gritos y el terror que acechan nuestro mundo, no es nada comparado con todo lo que hemos pasado hasta este punto. Este punto donde una chica india puede convivir con un judío, un australiano y un sudafricano en un piso en Norteamérica. ¡¿No es increíble?!

Si eso es probable, ¿por qué no va a ser probable que, por una vez, chicos y chicas, por una vez nos llevemos todos bien? 


domingo, 22 de noviembre de 2015

Que cómo estoy dice

-¡No pregunte por quién suenan las campanas pues suenan por vos!
Dijo la Muerte antes de rebanarle el pescuezo a un dado que sólo sacaba unos.

¿Quién querría un dado así? Nadie. Nadie de nadie. Ni una sola persona. Pero… ¿nadie nadie? Nadie. Por Dios, nadie. No hay cosa más inútil que un dado que sólo saca unos. Un taburete a lo Duchamp al menos no te engaña, ya ves que no te puedes sentar en eso, ¿pero un dado que sólo saca unos? Además de inútil burlón. Frustrante. Estúpido. Absurdo.
Además de no servir para nada hace que todo aquel que lo use se sienta gafado, estafado por el destino. Sienta que es tan inútil como un dado que sólo saca unos. ¡Maldito dado! ¡No vale para nada! ¡Más le valía morirse!

Y eso hizo.

El 18 de mayo de 1994, el dado que sólo sacaba unos murió.

El resto de la historia es una nebulosa aburrida, nadie suele querer escucharla. La historia del dado es la historia que mola, la que de verdad gusta y la que te deja satisfecho por dentro una vez acaba. ¿Acaso hay algo mejor que ver algo tan desgraciado perecer?

¿De qué hablas?

De cuando nací.

Ah.

¿Puedo seguir?

Sí, bueno, claro. ¿Por qué no?

Ahora prefiero cambiar de tema. ¿Con quién puedo hablar? Con cualquiera que tenga consciencia y habilidades psicomotrices mínimas para la comunicación escrita, verbal o a través de signos. Hablé con un paralítico que sólo podía mover los ojos, para comunicar “Mi abuelo me llevaba a la azotea del Círculo de Bellas Artes para ver la cabalgata de los Reyes Magos” se tiró diez minutos, pero nos lo pasamos bien.
¿Sabes esos momentos donde todo sigue igual pero tú no? No sé si este es uno de esos. No sé qué sentir, qué siento, qué hacer, qué debería hacer, qué clase de ser soy o si soy de alguna manera. No sé qué callarme o cuándo, ni si debería callarme, ni qué decir ni cómo decirlo ni a quién. La vida es muy sencilla pero convivir con vosotros, malditos seres complicadamente humanos, es un incordio.
Mirar por la ventana, mirar por una pantalla, mirar por un retrovisor. Veo siempre las mismas imágenes y no encuentro qué explorar. Mi barco tiene ruedas y los mares están vallados. Las maldiciones y las suertes están servidas y confusas, las miradas diluidas y las sonrisas servidas. Ser un árbol debería estar bien visto, cumples con todos los protocolos sociales, filosóficos y económicos. Creo que me voy a plantar en el descampado de enfrente de casa. ¿Por qué no? Es un buen descampado. Aunque como cualquier otro, supongo.
Quizá el siglo que viene alguien me riega o se sienta en mi sombra a leer un libro holográfico o la mierda que tengan en ese tiempo.
Ser un árbol… ¡Piénsalo!
Tienes silencio, no tienes que ver ni hacer nada, no tienes que hablar con nadie y tus posibilidades son tan limitadas que no tienes ambiciones más allá de crecer.
Hay un árbol en el descampado de enfrente de casa, a veces, menos de las que me gustaría, voy a verlo. Hay una piedra a sus pies y allí me siento. Miro al no mirar y descanso. Descanso mientras el viento mece el arbolito.
Me gustaría ser ese arbolito. Es un buen arbolito.

Siempre me dará rabia que no se puedan apreciar las pausas bien en literatura. Yo ahora he pausado, respirado, comido un par de cucharadas de leche con cereales, mirado por la ventana y vuelto a sentarme a seguir escribiendo. Pero quien me lee no puede sentir esa pausa como quien la siente en una conversación honesta y salida de las entrañas de un hombre. Pocas conversaciones con pausas tenemos hoy día, por desgracia. Son las más bonitas.
Para mí lo son.

Qué vamos a hacerle.


Voy a ver si hay más revistas en esta sala de espera porque me aburro una barbaridad

lunes, 9 de noviembre de 2015

De no poder dormir

He llegado, quizá, a un punto de no retorno. Quizá hago montañas de granos de arena, otra vez, quizá estoy harto de no tener nada qué escalar y complico todo para poder vivir pero ahí voy. 
Llevo días sin querer dormir. Estoy cansado, en la cama, a oscuras, con el móvil en la mano. Llevo unas horas así. Pensando, escuchando, a veces me asomo a la ventana. Estoy cansado y quisiera descansar pero no quiero acostarme. ¿Estoy loco? No quiero dormir. ¿Me da miedo? No. Es sólo que... No quiero jugar a ese juego. Como si te proponen ir a un sitio que no quieres ir y decides no ir. Igual. 
Pero eso es una excusa, claro. ¿Por qué no quieres ir? ¿Por qué no quiero ir? ¿Qué me oculto a mí mismo? 

No lo sé... Y esto es otra excusa para no sacármelo a guantazos. 
Me pongo vídeos motivacionales y música inspiradora para poder dormirme, me siento ridículo. Como si no pudiera hacer la cosa más tonta y básica. Pero sé que no es fácil ni para mí ni para muchos otros. 
¿Será estrés? ¿Será ansiedad? 
No tengo ni puta idea, hablando claro. No lo sé. Nunca lo he sabido y no puedo sacarme las cosas yo a mí mismo fácilmente. 

Tras años de lucha yo y yo mismo comenzamos hace tiempo a trabajar juntos por nuestro propio bien, mi propio bien, pero siguen habiendo esta clase de cosas. ¿Por qué escondo lo que me preocupa y estresa? ¿Por qué no me suelto todas las verdades incómodas que no quiero escucharme decir? Supongo que por dos básicas razones: 
1. No quiero ser autor, mensajero, receptor, víctima, verdugo, juez, ejecutor y penitente de ello. Espero a que alguien me lo suelte y me destruya porque ¿alguna vez has probado lo difícil que es hacerte daño real a ti mismo? Es muy jodido. Soy incapaz de atentar contra mi integridad física, mental y espiritual. Esto es otra excusa. 
2. Sé que si lo suelto me hará *pum* en la cara y vuelvo a lo anterior. No puedo hacerme daño así como así, simplemente por "crecer" o "vivir mejor". Sólo llego a esas verdades incómodas, a esas cosas que me oculto cuando es estrictamente necesario. Mi cabeza es así. Esto es otra excusa más. 

Al final tenemos un montón de excusas, un niño que no quiere irse a dormir, un texto raro y una noche de mierda en la que destapado hace frío y tapado calor. 

¿Y si he cruzado algo sin darme cuenta? ¿Y si me estoy volviendo loco? ¿Y si la noche dura menos de lo que creo? ¿Y si simplemente me aburro de estar vivo? 

¿Y si me dejo suelto?

9 de Noviembre de 2015


Al oído de Simon & Garfunkel escribo, escribo para quien quiera leerlo. Pensamientos sueltos, tonterías varias, historias cortas que ¿son o no son reales? Aún no lo he decidido. ¿Qué tal?

Cuéntame sobre ti. ¿Qué eres? ¡Ah! Pero tienes que decírmelo en una sola palabra. ¿Por qué? Porque la verdad es singular y las mentiras son palabras, palabras, palabras, ¡tantas que uno se perdería entre ellas! ¿Qué eres tú que lees?

¿Yo? Claro. Contar sobre mí, el que escribe. Esto es un monólogo, no me puedes hablar, no entre estas líneas. ¿Quién lo iba a decir? No sé decir bien quién soy, cada día, cada mes, cada semana y segundo cambia. Por cada perspectiva que gano, por cada libro o página que leo, por cada mirada que me encuentro, cambio. ¡Como todos! ¿No? Supongo. ¿Supones? Supongo.
Aunque tan sólo imagina. Imagina que no existo, que estas palabras se escribieron solas para que en algún punto en el tiempo las encontrases, que los designios de los patrones que rigen nuestra realidad te hayan traído aquí para decirte "Hola".

Ese es mi mensaje. Es el mensaje que he tenido siempre.

-Hola.

Dijo.
¿Quién? Yo. Bueno. Las palabras estas. ¡Hola! Qué saludo más largo. Y pienso que... ¡podría mentirte tanto! Inventarme desde dónde escribo, para qué, por qué, para quién. Podría inventarme mil historias... ¡eso! Historias. ¡Cuento historias! ¿Tú qué cuentas? ¿Chapas? ¿Eres tonto? Echo de menos las chapas. ¡No! ¡Espera! ¡Tranquilidad! Ya vuelvo a coger el hilo. Esto... ¡Sí! Eh. Historias.
¡Las historias son interesantísimas! Nos dan seguridad. Nos dejan vivir en paz. Nos aligeran la vida, nos hacen los tiempos más amenos y nos dan las alas que a veces necesitamos porque lo que queremos sólo se puede alcanzar volando.
Y yo me he estrellado. Y tantas veces que ya no sé si me quedan alas. Sólo las veía una persona, de todas maneras. ¿Quieres conocer esa historia? ¿Por qué sí? ¿Por qué no? ¿Por qué estoy escribiendo esto?

Las historias son como pequeños recovecos de memorias, ilusiones, sueños rotos y nostalgias conviviendo con el silencio y los olvidos que tuvimos de pequeños. Nos dejan sentarnos y maravillarnos con palabras escritas, dichas e imaginadas.
Nos cuentan cómo es la vida y cómo funciona el mundo. Nos dejan seguir caminando para encontrarnos más cosas. Somos viajeros, caminantes. Y al final, cuando nos asomamos a la ventana en un día de lluvia sentimos lo mismo. Sentimos esa soledad profunda, la de querer seguir viviendo, caminando, gritando y bailando. Queremos sentir. Queremos continuar a pesar de tener miedo, de sentirnos inseguros. Nos vemos en el reflejo de la ventana y pensamos en todo lo que hemos hecho. Miramos cómo se mojan las calles y cómo la lluvia cae y pensamos en lo poco que sabemos y lo pequeños que somos mientras un par de niños corren con las cazadoras sobre la cabeza para no mojarse.
Somos destellos.

Pum.

Y ya.

¿Y dónde quedamos? ¿Dónde quedas tú?

¿Quién sabe? Yo sólo cuento tonterías. ¡Historias! Eso, historias. Tonterías irrelevantes. Me equivoco a menudo, lo siento. Y también por lo otro. ¿Eh? ¡Ah!

"Siempre hay alguien al otro lado del espejo, Alicia". Dijo una vez alguien, imagino, espero, ojalá.