Es ese tiempo del año otra vez. Sabes cuál, ¿no?
¿No?
Vaya, eso es una verdadera lástima. Tendrás que mirar por la ventana para saberlo. Igual nos vemos, igual eres mi vecino de enfrente. ¡Hola! Te diría. Hola... ¿Sabéis esas noches en las que os ponéis tontos y pensáis? Pensáis y pensáis.
Y qué difícil es a veces existir, ¿no creéis? Con todo esto de... el pasado, y las palabras, y sentir, y hacer cosas por la causa de unas cosas que no estás seguro de cómo ocurrieron pero que ahora te golpean en la cara hasta que hagas esa cosa de la que ahora eres responsable aunque nadie te lo ha dicho ni te ha enviado un fax ni nada. ¿Quién se va a poner a enviar fax a estas horas? ¿Tú sabes el ruido que hacen?
¡Ay! Es ese tiempo del año otra vez. En el que me canso de esta vida que me hago vivir. No es nada dramático ni depresivo, no es nada de eso, no. Es tan solo que me apetece bajarme del tren de vez en cuando, ver por dónde he estado yendo y si es posible comprar una bolsa de pipas en algún puestecillo de la estación. Comprobar que mi reloj está en hora. Quizá comprarme un sombrero. Esas cosas. Y preguntarme por cómo he estado viajando hasta ahora, ¿debería seguir viajando? Quizá. O quizá ya ha sido suficiente. Podría apagar mi cabeza en cualquier momento, dejarme vivir tranquilo sin tanta pregunta y tanta tontería. Poder podría. ¿Debería?
Me pregunto, me pregunto.
¿Es mejor que esté a que no esté? ¿Soy un "buen hombre"? Quizá solo soy un niño idiota con un barco con ruedas y conexión a Internet que no sabe lo que hace.
Bueno.
Esa última parte es totalmente cierta. No sé lo que hago, eso desde luego, eso lo sé. ¡Ah! ¡Ironía! ¡Quitámela! ¡Quitámela!
Bú.
"Soy un buen hombre...".
*Suspira*
*Bebe un poco de Nesquick*
*Se recuesta y mira al techo, pensante, aunque en realidad tiene la mente en blanco porque no sabe seguir*
¿Sabéis? A veces pienso que la realidad se me escapa, que cuando acerco la punta de mis dedos es como si tocase niebla que se desvanece entre mis brazos. Todo es tan volátil... E irrelevante. Y a la vez todo hace ruido, más que el que debería hacer. Nada dura para siempre, nada debería durar para siempre.
No me seguís, ¿verdad?
Llegan momentos en los que miro los nombres de las personas que tengo apuntadas en mi agenda, que miro a los ojos de las personas que caminan por la calle... y veo todo tan... transitorio. Momentáneo. Aunque ese momento dure ochenta años. No es más que un encuentro. Un encuentro entre dos monos que hacen mucho ruido. Veo como se alinea el mundo, los conceptos globales, a dónde van las historias y cómo acaba esta, cómo empieza la siguiente y qué tan tontos hemos sido por el camino. Todo es tiempo, como el estribillo de una canción...
¿Me habéis vuelto a perder? Yo a mí mismo sí.
¿Qué decía?
¡Ah! ¡Sí! Que a veces siento que el mundo y la realidad no son más que un instante muy largo que se escapa de nuestros dedos como el olvido de la memoria. No es poesía, es literal lo que siento.
"Quieres ser un hombre bueno, eso es lo que cuenta", dicen.
"El fuego da luz y calor, y también destruye todo a su paso".
Me caigo del tren.
¡Au!
jueves, 21 de abril de 2016
miércoles, 2 de marzo de 2016
El espacio exterior de aquí al lado
La realidad, chicos y chicas, es extraordinaria. Caminamos juntos y torpemente, solos y como uno. Somos curiosos, incansables, idiotas. Estamos locos. Siempre caminamos hacia delante, mirando atrás. No tenemos más elección que intentarlo, una y otra y otra vez. Y cada vez que nos caemos con la dichosa piedra cantamos lo mismo: ecos de que ese no es nuestro final, tan sólo es el principio.
Somos viajeros, niños, infinitos. Todo, cada rincón del universo es infinitamente complejo y sí, tú y todos somos asombrosamente improbables. Cada momento, cada instante de alegría, tristeza o ira es un milagro estadístico. Cada beso, recuerdo y verso es una suerte maravillosa. Y no cesaremos, no acabaremos, porque somos realidad. La realidad es el cuento más grande que habremos leído y del que hemos tomado parte.
Nuestras despedidas son susurros en el vacío cósmico y tenemos, todos, una oportunidad de brillar y asombrarnos. De soñar y reír como tontos. Somos los monos más tontos, incongruentes, contradictorios y desagradecidos de la galaxia. Pero reímos, sonreímos y abrazamos como ninguno.
Nuestras despedidas son susurros en el vacío cósmico y tenemos, todos, una oportunidad de brillar y asombrarnos. De soñar y reír como tontos. Somos los monos más tontos, incongruentes, contradictorios y desagradecidos de la galaxia. Pero reímos, sonreímos y abrazamos como ninguno.
Y es que la Humanidad es y espero que sea siempre un gran misterio, uno del que me siento maravillado de formar parte y poder jugar con él. Y no importa a dónde vayas y no importa quién seas, tú y todos somos realidad, formamos parte de un mismo todo. Uno que no ha dejado de mirar. No hemos dejado ni dejaremos de mirar. De recordar. De soñar. De contar. De abrazar. De sentir. De mirar al cielo estrellado y sonreír. Porque somos aventureros de las estrellas. Y nos arrepentiremos de no haber soñado lo suficiente.
Somos tontos e infinitos, uno y todo. Así que, por todo, por tu propia existencia, sé amable. Abraza más. Haz sonreír y reír. No dejes de soñar y camina todo lo que puedas. Y recuerda que seas quién seas y vengas de dónde vengas eres humano y real. Quieras o no estaremos y seremos contigo hasta el final.
sábado, 23 de enero de 2016
Cosicas culturales entre Occidente y Oriente
Cuando
el ser humano es consciente de sí mismo y comprende cómo transmitir los
conocimientos de toda una vida de generación en generación comienza la cultura
y con ella la religión, es decir, un sentimiento de maravilla hacia la existencia
y la realidad.
Este sentimiento más tarde se define, se
domina y se dirige para unos objetivos y otros. Hubo pueblos que usaron la
religión para tener control sobre su sociedad, quien la usó para superar el
arte, quien la usó para dar calma a su espíritu. Tantas respuestas como seres
humanos ha habido.
Pero, ¿cuándo ocurre esto?
La teoría antropológica más extendida nos
cuenta que ocurre a través del crimen, el crimen original del que beben todas
las culturas. El crimen de matar a un hermano.
Al rival opuesto, al reflejo de uno mismo.
Cuando se comete el homicidio entre iguales es cuando el superviviente es
consciente de lo que ha hecho y es este momento de reflexión el que genera las
ideas, los miedos y los sentimientos metafísicos del hombre porque se enfrenta
a algo que no acaba de comprender: La Muerte. Y de esta manera comienza a
rendir culto a sus muertos, al muerto. Este sacrificio, este crimen da el
origen al orden humano, es cuando uno grita y el resto calla para escuchar qué
está pasando.
Y para que esto no vuelva a pasar se crea el
rito, la repetición del crimen mediante la representación del mismo. Se recrea
el momento de la sangre para no derramar sangre de más y así traer el orden una
vez más. Y pasan generaciones y generaciones. La sangre y tripas se convierten
en confeti y el chivo expiatorio en un tótem, en un muñeco o en un personaje
extraño. Los ritos que tratan de imitar el momento originario se vuelven cada
vez más vagos, un teléfono escacharrado a través del tiempo. ¡Lo cual es
alarmante pues sin rito se pierde el porqué del orden! Entonces comienza el
mito.
El mito es la historia, la leyenda, que
justifica el rito. El “porqué hacemos esto”. El mito no sabe de qué habla y el
rito no entiende qué hace. Lo cual resumen bastante bien la caótica dirección
humana.
¡Bien! Pues con estas pequeñas nociones
podemos comenzar a hablar de las formas que estos mitos han tomado en el mundo.
La geografía de esta gran gota de agua que
es el planeta Tierra ha dado dos principales corrientes de pensamiento a lo
largo de milenios: Occidente y Oriente. Y las diferencias de éstos radican,
tienen como raíz, sus mitos. Y es que los mitos, que no saben de qué hablan,
dan forma al mundo pues son los porqués de lo que hacemos y hacemos lo que
nuestra cultura, hecha de mitos y ritos, nos han enseñado a hacer. Y por lo que
hacemos somos quienes somos. Es por ello que nuestra identidad coincide con los
mitos que nos han construido.
A través del tiempo el individuo de
Occidente y el individuo de Oriente han tenido diferentes experiencias vitales
a pesar de ser ambos un saco de agua hecho de los mismos materiales y las
mismas posibilidades.
El individuo de Occidente por lo general
siempre ha sido más ambicioso, creció con grandes epopeyas y épicas. Aventuras
maravillosas que prometían gloria y fortuna, honor y maravilla. Aventuras que
él, si era tan valiente como Ícaro, tan fuerte como Thor, tan resistente como
Cú Chulain, podría vivir y superar. ¡Qué habrá más allá del horizonte!
Hasta el judeocristianismo el individuo
occidental era un ser belicoso con ganas de llegar más lejos que sus padres. Su
vehemencia le impulsaba hasta nuevos horizontes y su camino estaba escrito en
las estrellas y en el destino. La filosofía judeocristiana liberó sus actos, se
hizo dueño de sus propias pisadas. Esto hizo que el paso de la niñez a la
madurez no sólo trajese consigo la responsabilidad para con su comunidad sino
que se le exigía ser creativo e innovador. Es decir, ser algo que la tierra
nunca antes había visto.
Por otro lado el individuo de Oriente,
acorde a sus cómodos climas, se hizo armonioso y buscaba la no perturbación de
su existencia. Su experiencia vital se tornó pacífica y en busca de la perfecta
organización vital. Sus mitos hablaban del regalo de la vida, de cómo los
dioses habían logrado todo esto y como todo esto por tanto era sagrado y mejor
no tocarlo. El individuo oriental tiene un destino, y ese destino está grabado
en los códices que los creadores del mundo dejaron, su misión ya está prescrita
y ahora sólo tiene que seguirla.
Se le pide ocupar el orden que le toca y si
no le gusta no se preocupa porque tras la muerte tendrá otra oportunidad. Así
el mundo se torna estable, un sistema imperturbable que pide al individuo que
cuando se vaya deje todo como estaba.
Desde Japón a India a China a Oceanía.
¿Qué tienen en común estas dos culturas
aparentemente opuestas?
La experiencia que sufren ambos individuos
es traumática y es la misma. Y es traumática por el hecho de que todo en este
mundo supera al individuo, desde una montaña, a la fotosíntesis, a la lluvia, a
otro individuo. Logramos calmar nuestra existencia gracias a las respuestas que
nuestra cultura da a la multitud de preguntas que nos surgen a medida que
vivimos.
¿Qué es un trueno? ¿De dónde venimos? ¿Por
qué un río crece o decrece en su caudal? ¿Por qué se mueven las estrellas? ¿Qué
es la luz brillante que hay a veces en el cielo que ilumina toda la tierra que
veo? ¿Qué soy? ¿Quién soy? ¡¿Qué es todo esto?!
Como todos somos igual de “idiotas” y
maravillados por nuestra existencia, otros han dejado las respuestas que han
encontrado para que nosotros podamos dar respuesta a aquellas preguntas que aún
ningún antepasado nuestro ha respondido.
Entonces, naturalmente, esas respuestas nos
dan claves para responder nosotros a aquellas preguntas para que las que no
encontramos respuesta. ¡Y esa clave depende de los abuelos que tengas! Pero el
método es el mismo.
Por simplificarlo, el oriental y el
occidental se comen la misma existencia pero cada uno le pone una salsa
diferente.
Es por esto que las diferencias que se
encuentran, aunque significativas en la vida de cada uno, los sueños de cada
uno, las aspiraciones, lenguajes, filosofías, comidas de cada uno son
simplemente consecuentes de las respuestas que han encontrado en sus antepasados.
Pero su existencia, esencialmente es la misma. Y así igual que unos macarrones
con salsa curry y pimentón no se parecen en nada, aparentemente, a unos
macarrones con chorizo y tomate ambos son platos de macarrones, y para ambos
hay que cocer la pasta para luego echarle la salsa. Lo mismo pasa con el
individuo oriental y el individuo occidental.
¿Qué diferencias hay por tanto en su
experiencia vital humana? Todas las del mundo, aunque son diferencias de forma
no de esencia. Difieren en la concepción de qué espacio ocupan en el mundo pues
el occidental ha de innovarlo y el oriental armonizarse con el que ya hay pero
ambos buscan ocupar un lugar en el mundo. Difieren en su filosofía, mientras
que el occidental busca respuestas sin parar desechando, dudando o cuestionando
las anteriormente dadas, el oriental busca el camino para dar las respuestas
que anteriormente se dieron pues dar otras sería equivocarse, pero ambos buscan
dar respuestas. Difieren en cómo ven el horizonte, el occidental ve algo que
cruzar y el oriental algo que defender, pero a ambos les preocupa.
Y así con absolutamente todo.
Sus diferencias y similitudes son por tanto cuestión
de lo que su cultura hace de ellos más que del individuo en sí mismo. Y lo que
crea su cultura es lo que sus individuos hacen de ella. Y es este círculo lo
que mueve el mundo hacia futuros inciertos que, sin duda, serán la mar de
interesantes para ambos individuos.
ÚLTIMOS PENSAMIENTOS
Estas
realizaciones están bien, pero ¿dónde nos deja todo esto hoy? ¿Qué hacemos con
ellas? ¿Nos ayudan a comprender el mundo hoy?
Sostengo que sí, y más que nunca. Como dijo Joseph
Campbell los horizontes que separaban a Oriente y Occidente han caído y la
cultura ha comenzado hace décadas a comportarse como una corriente de
convección tratando de templarse.
Occidente y Oriente chocan, beben el uno del
otro, se gritan, se cierran, se abren. Hay una tormenta cultural contradictoria
importante pero maravillosa y creo que de eso va el posmodernismo. De
reconocernos todos globales y humanos, esa es nuestra vanguardia, tomar todas
las culturas como herramientas a nuestro al alcance con las que poder manchar
el mundo con nuestras intenciones. Para bien, mal o regular.
Y sí, una vez más, es muy posible que los
mitos dejen de entender qué es lo que los ritos representaban pero también es
muy posible que la cultura de la información y la comunicación no deje que nada
se pierda, no deje que nada se malentienda pues todos estamos atentos y activos
para con nuestra comunidad y esa comunidad es más grande de lo que un ser
humano puede concebir. ¡Y está formada de orientales y occidentales!
El mejor escenario es aquel en el que los
seres humanos globalmente en los otros seres humanos. Donde la experiencia
vital de cada uno sólo es tintada de unos colores u otros pero la esencia está
intacta y es la misma.
Aún creo que nos queda un gran trecho hasta
ese momento. Quedan muchos rechazos, quedan muchos golpes y gritos. Pero es
probable que en las próximas décadas una nueva cultura con lo mejor de cada una
nazca por el progreso armónico del ser humano. ¡La probabilidad existe! Pero
hemos de ir con pies de plomo.
Vivimos uno de los momentos más interesantes
que la humanidad ha vivido y tenemos una oportunidad de que salga bien. De ser
más que un destello en la eternidad del espacio, tenemos la oportunidad de ser
una llama inapagable que recuerde al vacío del cosmos que una voz ha surgido.
Que los hermanos ya no luchan, que ya no hay que sacrificar más al fuego. Y a
pesar de las muertes, los gritos y el terror que acechan nuestro mundo, no es
nada comparado con todo lo que hemos pasado hasta este punto. Este punto donde
una chica india puede convivir con un judío, un australiano y un sudafricano en
un piso en Norteamérica. ¡¿No es increíble?!
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miércoles, 9 de diciembre de 2015
Amor
Vamos directos al grano, el tema lo merece. Amor es una de las palabras más extrañas que tenemos en nuestro idioma. ¿Por qué lo digo? Es una palabra más ambigua que dios, libertad y otros conceptos socio-metafísicos. La usamos para describir lo que sentimos por nuestro amante, nuestra pareja, nuestros hijos, nuestros vecinos, las actividades que nos gustan, la comida que nos encanta, etc. ¡Es una locura!
Yo amo a mi Dios, amo a mi esposa, amo el salmón, amo el fútbol, amo a mis amigos y amo la cerveza.
Entiendo que hay toda una historia etimológica del término detrás de esto, no he investigado al respecto por falta de tiempo y me gustaría porque la reacción inmediata que tengo ante esto es: ¿Cómo diablos hemos llegado a diluir tanto una de las cosas más importantes de nuestra existencia?
Algunos místicos, otros filósofos, de vez en cuando algún idiota y por qué, un niño inquieto o dos, se preguntan qué es eso de querer. ¿Qué es querer? ¿Por qué designamos “querer” a las cosas inmediatas que queremos, “quiero un pedazo de pizza”, y a las cosas que queremos con amor, “te quiero, mi esposa”? ¡Ya atenderemos a esta cuestión si hay tiempo que con un lío semántico tenemos más que suficiente!
Como estos tarados mencionados antes, yo también me he preguntado qué es eso del amor. ¿Cómo se quiere a alguien? ¿De verdad queremos a alguien? ¿Qué se siente? ¿Qué diferencias hay?
Me parecen cuestiones de peso y de gran importancia, más que eso, de gran relevancia en mi vida y no quise tomarlas a la ligera por lo que las ataqué con puño de hierro. Me metí de lleno en mis sentimientos y los destripé por entero para sacar la realidad de la cuestión, no quedarme a medias tintas, no, someterlos a grandes torturas para comprobar la veracidad y supervivencia de estos sentimientos. ¡Y saqué gratas conclusiones!
Verán, resultó que apenas he querido a tres personas en mi vida. Y aun así esto es una mentira, pero dicho así se adecúa a lo que todo el mundo entiende por querer. Porque he querido a una persona, a un sueño y a la idea que he tenido de una persona. El querer a una segunda persona está en trámites aún, esto lleva su tiempo, como un buen acero, el amor hay que templarlo y comprobar si pasa la barrera del tiempo.
¡Estoy hablando de un montón de cosas que usted, lector, no comparte conmigo porque aún no le he explicado! Así que mejor escribiré, desde este conocimiento de unos pocos años de introspección, sobre el amor que los monjes tienen por Dios, el Dios cristiano este es. Cómo entenderlo, cómo entender qué es querer a una idea.
¡Bueno! Para empezar hay que entender a la idea que uno quiere querer. A través de estudios que realicé hace unos años sobre textos escritos por priores, monjes y otras entidades eclesiásticas altamente lúcidas en cuanto a teología entendí lo mismo que entendí al estudiar hinduismo y budismo. ¿Qué es eso de Dios? ¿No es un señor con barba? No, no especialmente. No es un algo. No es un alguien. No habla, al menos con palabras. No es el cielo y no es el sol. Dios, por lo que he podido estudiar y sentir, es todo lo que nos rodea. Es la existencia, es la magia de la realidad. Es la red tras la que se tiende todo. Dios es la casualidad, la causalidad y la consecuencia. No es un ente que quiera cosas, cómo en la misma Biblia dice, Yo soy el que Soy. Y no hay mejor manera de explicarlo.
Una vez entendemos esta idea, con este parrafillo no da para entenderla pero al menos creo que despeja unas cosas, pasamos a la parte complicada. ¿Cómo querer a una idea?
Creo que la mejor respuesta a esta pregunta es sintiéndola. Una vez sientes, al comprender, va todo a la par, una vez sientes todo esto, una vez sientes que toda la realidad está conectada y es una sola cosa, cuando entiendes que vamos y venimos, cuando comprendes que somos junto a todas las cosas una divina y cósmica realidad, pues acabas sintiendo una especie de conexión y afección por todas las cosas. ¿Y qué hemos dicho que son todas las cosas? Lo que llamamos Dios.
Cojan aire, ya nos bajamos de este tren de pensamientos.
Esto es lo que yo entiendo acerca del amor que tienen los religiosos hacia la que sienten como su divinidad. ¡Ojo! Mi interpretación. Empaticé con ellos pues también me sale ese amor de dentro. El de amar la existencia tal cual es. Llegas a amar, porque amar es eso, sentir una conexión más allá de uno mismo hacia algo o alguien. Amor es etimológicamente el resultado de las caricias de una madre en su hijo, y me parece muy acertado y bonito, claro.
¡Pero entonces! ¿Qué diferencia hay entre este amor y el amor que uno tiene por su pareja, por ejemplo, o por un hermano?
Creo que, para concluir estas cuestiones, el “amor” se siente diferente por la naturaleza de las cosas a las que nos sentimos conectados. Así el amor a Dios nos conecta a la realidad en sí misma pero no a las cosas a título individual, en otras palabras, quien quiere a Dios ama la existencia de las cosas en sí pero no a las cosas en sí. Ama a algo por ser parte de la existencia no por el algo en sí, uno se siente conectado a la realidad en la que ese algo está conectado, no se siente conectado al algo. Es un poco lioso, lo siento. Quien ama a su pareja, que este “amar” se usa peor que los abre-fácil pero en fin, quien ama a su pareja ama a algo, un individuo, por sí mismo. No nos sentimos conectados a la realidad en la que ese algo está conectado sino que nos sentimos directamente conectados a ese algo.
¿Entienden?
Y es por esto que decir “amo la pizza”, es un tanto burdo. No porque no puedas amarla, sino porque uno se siente conectado a la sensación que le produce la pizza. En otras palabras, quien ama la pizza no ama la pizza, se ama a sí mismo por la sensación que se produce a sí mismo al tocar una pizza. Y esto no te hace estar conectado a nada que esté fuera de ti. Es masturbar el amor.
Y quien dice “amo la pizza” por estas razones me parece tan burdo como quien dice “amo a mi pareja” por las sensaciones que una persona le produce o por los hechos que esa persona haya realizado para con uno mismo. Porque al final ese uno que ama, no está conectado a la cosa que dice que ama, sino que se ama a sí mismo y no ve más allá de sus narices.
¡Y hasta aquí!
Yo amo a mi Dios, amo a mi esposa, amo el salmón, amo el fútbol, amo a mis amigos y amo la cerveza.
Entiendo que hay toda una historia etimológica del término detrás de esto, no he investigado al respecto por falta de tiempo y me gustaría porque la reacción inmediata que tengo ante esto es: ¿Cómo diablos hemos llegado a diluir tanto una de las cosas más importantes de nuestra existencia?
Algunos místicos, otros filósofos, de vez en cuando algún idiota y por qué, un niño inquieto o dos, se preguntan qué es eso de querer. ¿Qué es querer? ¿Por qué designamos “querer” a las cosas inmediatas que queremos, “quiero un pedazo de pizza”, y a las cosas que queremos con amor, “te quiero, mi esposa”? ¡Ya atenderemos a esta cuestión si hay tiempo que con un lío semántico tenemos más que suficiente!
Como estos tarados mencionados antes, yo también me he preguntado qué es eso del amor. ¿Cómo se quiere a alguien? ¿De verdad queremos a alguien? ¿Qué se siente? ¿Qué diferencias hay?
Me parecen cuestiones de peso y de gran importancia, más que eso, de gran relevancia en mi vida y no quise tomarlas a la ligera por lo que las ataqué con puño de hierro. Me metí de lleno en mis sentimientos y los destripé por entero para sacar la realidad de la cuestión, no quedarme a medias tintas, no, someterlos a grandes torturas para comprobar la veracidad y supervivencia de estos sentimientos. ¡Y saqué gratas conclusiones!
Verán, resultó que apenas he querido a tres personas en mi vida. Y aun así esto es una mentira, pero dicho así se adecúa a lo que todo el mundo entiende por querer. Porque he querido a una persona, a un sueño y a la idea que he tenido de una persona. El querer a una segunda persona está en trámites aún, esto lleva su tiempo, como un buen acero, el amor hay que templarlo y comprobar si pasa la barrera del tiempo.
¡Estoy hablando de un montón de cosas que usted, lector, no comparte conmigo porque aún no le he explicado! Así que mejor escribiré, desde este conocimiento de unos pocos años de introspección, sobre el amor que los monjes tienen por Dios, el Dios cristiano este es. Cómo entenderlo, cómo entender qué es querer a una idea.
¡Bueno! Para empezar hay que entender a la idea que uno quiere querer. A través de estudios que realicé hace unos años sobre textos escritos por priores, monjes y otras entidades eclesiásticas altamente lúcidas en cuanto a teología entendí lo mismo que entendí al estudiar hinduismo y budismo. ¿Qué es eso de Dios? ¿No es un señor con barba? No, no especialmente. No es un algo. No es un alguien. No habla, al menos con palabras. No es el cielo y no es el sol. Dios, por lo que he podido estudiar y sentir, es todo lo que nos rodea. Es la existencia, es la magia de la realidad. Es la red tras la que se tiende todo. Dios es la casualidad, la causalidad y la consecuencia. No es un ente que quiera cosas, cómo en la misma Biblia dice, Yo soy el que Soy. Y no hay mejor manera de explicarlo.
Una vez entendemos esta idea, con este parrafillo no da para entenderla pero al menos creo que despeja unas cosas, pasamos a la parte complicada. ¿Cómo querer a una idea?
Creo que la mejor respuesta a esta pregunta es sintiéndola. Una vez sientes, al comprender, va todo a la par, una vez sientes todo esto, una vez sientes que toda la realidad está conectada y es una sola cosa, cuando entiendes que vamos y venimos, cuando comprendes que somos junto a todas las cosas una divina y cósmica realidad, pues acabas sintiendo una especie de conexión y afección por todas las cosas. ¿Y qué hemos dicho que son todas las cosas? Lo que llamamos Dios.
Cojan aire, ya nos bajamos de este tren de pensamientos.
Esto es lo que yo entiendo acerca del amor que tienen los religiosos hacia la que sienten como su divinidad. ¡Ojo! Mi interpretación. Empaticé con ellos pues también me sale ese amor de dentro. El de amar la existencia tal cual es. Llegas a amar, porque amar es eso, sentir una conexión más allá de uno mismo hacia algo o alguien. Amor es etimológicamente el resultado de las caricias de una madre en su hijo, y me parece muy acertado y bonito, claro.
¡Pero entonces! ¿Qué diferencia hay entre este amor y el amor que uno tiene por su pareja, por ejemplo, o por un hermano?
Creo que, para concluir estas cuestiones, el “amor” se siente diferente por la naturaleza de las cosas a las que nos sentimos conectados. Así el amor a Dios nos conecta a la realidad en sí misma pero no a las cosas a título individual, en otras palabras, quien quiere a Dios ama la existencia de las cosas en sí pero no a las cosas en sí. Ama a algo por ser parte de la existencia no por el algo en sí, uno se siente conectado a la realidad en la que ese algo está conectado, no se siente conectado al algo. Es un poco lioso, lo siento. Quien ama a su pareja, que este “amar” se usa peor que los abre-fácil pero en fin, quien ama a su pareja ama a algo, un individuo, por sí mismo. No nos sentimos conectados a la realidad en la que ese algo está conectado sino que nos sentimos directamente conectados a ese algo.
¿Entienden?
Y es por esto que decir “amo la pizza”, es un tanto burdo. No porque no puedas amarla, sino porque uno se siente conectado a la sensación que le produce la pizza. En otras palabras, quien ama la pizza no ama la pizza, se ama a sí mismo por la sensación que se produce a sí mismo al tocar una pizza. Y esto no te hace estar conectado a nada que esté fuera de ti. Es masturbar el amor.
Y quien dice “amo la pizza” por estas razones me parece tan burdo como quien dice “amo a mi pareja” por las sensaciones que una persona le produce o por los hechos que esa persona haya realizado para con uno mismo. Porque al final ese uno que ama, no está conectado a la cosa que dice que ama, sino que se ama a sí mismo y no ve más allá de sus narices.
¡Y hasta aquí!
domingo, 22 de noviembre de 2015
Que cómo estoy dice
-¡No
pregunte por quién suenan las campanas pues suenan por vos!
Dijo la
Muerte antes de rebanarle el pescuezo a un dado que sólo sacaba unos.
¿Quién
querría un dado así? Nadie. Nadie de nadie. Ni una sola persona. Pero… ¿nadie
nadie? Nadie. Por Dios, nadie. No hay cosa más inútil que un dado que sólo saca
unos. Un taburete a lo Duchamp al menos no te engaña, ya ves que no te puedes
sentar en eso, ¿pero un dado que sólo saca unos? Además de inútil burlón.
Frustrante. Estúpido. Absurdo.
Además de no
servir para nada hace que todo aquel que lo use se sienta gafado, estafado por
el destino. Sienta que es tan inútil como un dado que sólo saca unos. ¡Maldito
dado! ¡No vale para nada! ¡Más le valía morirse!
Y eso hizo.
El 18 de
mayo de 1994, el dado que sólo sacaba unos murió.
El resto de
la historia es una nebulosa aburrida, nadie suele querer escucharla. La
historia del dado es la historia que mola, la que de verdad gusta y la que te
deja satisfecho por dentro una vez acaba. ¿Acaso hay algo mejor que ver algo
tan desgraciado perecer?
¿De qué
hablas?
De cuando
nací.
Ah.
¿Puedo
seguir?
Sí, bueno,
claro. ¿Por qué no?
Ahora
prefiero cambiar de tema. ¿Con quién puedo hablar? Con cualquiera que tenga
consciencia y habilidades psicomotrices mínimas para la comunicación escrita,
verbal o a través de signos. Hablé con un paralítico que sólo podía mover los
ojos, para comunicar “Mi abuelo me llevaba a la azotea del Círculo de Bellas
Artes para ver la cabalgata de los Reyes Magos” se tiró diez minutos, pero nos
lo pasamos bien.
¿Sabes esos
momentos donde todo sigue igual pero tú no? No sé si este es uno de esos. No sé
qué sentir, qué siento, qué hacer, qué debería hacer, qué clase de ser soy o si
soy de alguna manera. No sé qué callarme o cuándo, ni si debería callarme, ni
qué decir ni cómo decirlo ni a quién. La vida es muy sencilla pero convivir con
vosotros, malditos seres complicadamente humanos, es un incordio.
Mirar por la
ventana, mirar por una pantalla, mirar por un retrovisor. Veo siempre las
mismas imágenes y no encuentro qué explorar. Mi barco tiene ruedas y los mares
están vallados. Las maldiciones y las suertes están servidas y confusas, las
miradas diluidas y las sonrisas servidas. Ser un árbol debería estar bien
visto, cumples con todos los protocolos sociales, filosóficos y económicos.
Creo que me voy a plantar en el descampado de enfrente de casa. ¿Por qué no? Es
un buen descampado. Aunque como cualquier otro, supongo.
Quizá el
siglo que viene alguien me riega o se sienta en mi sombra a leer un libro
holográfico o la mierda que tengan en ese tiempo.
Ser un árbol…
¡Piénsalo!
Tienes
silencio, no tienes que ver ni hacer nada, no tienes que hablar con nadie y tus
posibilidades son tan limitadas que no tienes ambiciones más allá de crecer.
Hay un árbol
en el descampado de enfrente de casa, a veces, menos de las que me gustaría,
voy a verlo. Hay una piedra a sus pies y allí me siento. Miro al no mirar y
descanso. Descanso mientras el viento mece el arbolito.
Me gustaría
ser ese arbolito. Es un buen arbolito.
Siempre me
dará rabia que no se puedan apreciar las pausas bien en literatura. Yo ahora he
pausado, respirado, comido un par de cucharadas de leche con cereales, mirado
por la ventana y vuelto a sentarme a seguir escribiendo. Pero quien me lee no
puede sentir esa pausa como quien la siente en una conversación honesta y
salida de las entrañas de un hombre. Pocas conversaciones con pausas tenemos
hoy día, por desgracia. Son las más bonitas.
Para mí lo
son.
Qué vamos a
hacerle.
Voy a ver si
hay más revistas en esta sala de espera porque me aburro una barbaridad
domingo, 15 de noviembre de 2015
16 de Noviembre de 2015. Quiero ser salvaje
Sé que debería dormir, que eso calmaría mis males y haría que los demonios volviesen a su cueva. Pero. ¡Joder! ¡Yo no quiero eso! Quiero enfrentarme a ellos, quiero cortarles la cabeza y prenderles fuego. Quiero que no me atormenten más, mis demonios.
Debería irme a la cama, ¿no? Debería... Sí. Debería dormir, dulces sueños. Good bye. Y seguir corriendo... de las sombras de mi pasado, de mi presente. El dolor, la frustración, la desesperanza. La vida que nunca quisimos. ¿La vida que merezco? ¡Esta noche muere un demonio! ¿No? Y yo qué sé...
No sé ni con quién hablar ya. Parecen palabras de imbécil emo.
Necesito jungla, necesito salvaje, necesito espacio para gritar y correr y morder y agarrar. Necesito razones para moldear y presionar y descargar. Solo un poco. Soy una varilla de incienso, siempre con una llama tenue que ambiente un poco la atmósfera, calmada; y necesito una llamarada. Necesito soplar y crear una llamarada. Una que haga que unos ojos brillen en su reflejo.
Un momento. ¿Necesito? No. En realidad no. Creo.
¿Entonces? Ya no sé. Me he perdido.
Tan sólo creo que... No quepo en los tarros de este mundo
Debería irme a la cama, ¿no? Debería... Sí. Debería dormir, dulces sueños. Good bye. Y seguir corriendo... de las sombras de mi pasado, de mi presente. El dolor, la frustración, la desesperanza. La vida que nunca quisimos. ¿La vida que merezco? ¡Esta noche muere un demonio! ¿No? Y yo qué sé...
No sé ni con quién hablar ya. Parecen palabras de imbécil emo.
Necesito jungla, necesito salvaje, necesito espacio para gritar y correr y morder y agarrar. Necesito razones para moldear y presionar y descargar. Solo un poco. Soy una varilla de incienso, siempre con una llama tenue que ambiente un poco la atmósfera, calmada; y necesito una llamarada. Necesito soplar y crear una llamarada. Una que haga que unos ojos brillen en su reflejo.
Un momento. ¿Necesito? No. En realidad no. Creo.
¿Entonces? Ya no sé. Me he perdido.
Tan sólo creo que... No quepo en los tarros de este mundo
lunes, 9 de noviembre de 2015
De no poder dormir
He llegado, quizá, a un punto de no retorno. Quizá hago montañas de granos de arena, otra vez, quizá estoy harto de no tener nada qué escalar y complico todo para poder vivir pero ahí voy.
Llevo días sin querer dormir. Estoy cansado, en la cama, a oscuras, con el móvil en la mano. Llevo unas horas así. Pensando, escuchando, a veces me asomo a la ventana. Estoy cansado y quisiera descansar pero no quiero acostarme. ¿Estoy loco? No quiero dormir. ¿Me da miedo? No. Es sólo que... No quiero jugar a ese juego. Como si te proponen ir a un sitio que no quieres ir y decides no ir. Igual.
Pero eso es una excusa, claro. ¿Por qué no quieres ir? ¿Por qué no quiero ir? ¿Qué me oculto a mí mismo?
No lo sé... Y esto es otra excusa para no sacármelo a guantazos.
Me pongo vídeos motivacionales y música inspiradora para poder dormirme, me siento ridículo. Como si no pudiera hacer la cosa más tonta y básica. Pero sé que no es fácil ni para mí ni para muchos otros.
¿Será estrés? ¿Será ansiedad?
No tengo ni puta idea, hablando claro. No lo sé. Nunca lo he sabido y no puedo sacarme las cosas yo a mí mismo fácilmente.
Tras años de lucha yo y yo mismo comenzamos hace tiempo a trabajar juntos por nuestro propio bien, mi propio bien, pero siguen habiendo esta clase de cosas. ¿Por qué escondo lo que me preocupa y estresa? ¿Por qué no me suelto todas las verdades incómodas que no quiero escucharme decir? Supongo que por dos básicas razones:
1. No quiero ser autor, mensajero, receptor, víctima, verdugo, juez, ejecutor y penitente de ello. Espero a que alguien me lo suelte y me destruya porque ¿alguna vez has probado lo difícil que es hacerte daño real a ti mismo? Es muy jodido. Soy incapaz de atentar contra mi integridad física, mental y espiritual. Esto es otra excusa.
2. Sé que si lo suelto me hará *pum* en la cara y vuelvo a lo anterior. No puedo hacerme daño así como así, simplemente por "crecer" o "vivir mejor". Sólo llego a esas verdades incómodas, a esas cosas que me oculto cuando es estrictamente necesario. Mi cabeza es así. Esto es otra excusa más.
Al final tenemos un montón de excusas, un niño que no quiere irse a dormir, un texto raro y una noche de mierda en la que destapado hace frío y tapado calor.
¿Y si he cruzado algo sin darme cuenta? ¿Y si me estoy volviendo loco? ¿Y si la noche dura menos de lo que creo? ¿Y si simplemente me aburro de estar vivo?
¿Y si me dejo suelto?
Llevo días sin querer dormir. Estoy cansado, en la cama, a oscuras, con el móvil en la mano. Llevo unas horas así. Pensando, escuchando, a veces me asomo a la ventana. Estoy cansado y quisiera descansar pero no quiero acostarme. ¿Estoy loco? No quiero dormir. ¿Me da miedo? No. Es sólo que... No quiero jugar a ese juego. Como si te proponen ir a un sitio que no quieres ir y decides no ir. Igual.
Pero eso es una excusa, claro. ¿Por qué no quieres ir? ¿Por qué no quiero ir? ¿Qué me oculto a mí mismo?
No lo sé... Y esto es otra excusa para no sacármelo a guantazos.
Me pongo vídeos motivacionales y música inspiradora para poder dormirme, me siento ridículo. Como si no pudiera hacer la cosa más tonta y básica. Pero sé que no es fácil ni para mí ni para muchos otros.
¿Será estrés? ¿Será ansiedad?
No tengo ni puta idea, hablando claro. No lo sé. Nunca lo he sabido y no puedo sacarme las cosas yo a mí mismo fácilmente.
Tras años de lucha yo y yo mismo comenzamos hace tiempo a trabajar juntos por nuestro propio bien, mi propio bien, pero siguen habiendo esta clase de cosas. ¿Por qué escondo lo que me preocupa y estresa? ¿Por qué no me suelto todas las verdades incómodas que no quiero escucharme decir? Supongo que por dos básicas razones:
1. No quiero ser autor, mensajero, receptor, víctima, verdugo, juez, ejecutor y penitente de ello. Espero a que alguien me lo suelte y me destruya porque ¿alguna vez has probado lo difícil que es hacerte daño real a ti mismo? Es muy jodido. Soy incapaz de atentar contra mi integridad física, mental y espiritual. Esto es otra excusa.
2. Sé que si lo suelto me hará *pum* en la cara y vuelvo a lo anterior. No puedo hacerme daño así como así, simplemente por "crecer" o "vivir mejor". Sólo llego a esas verdades incómodas, a esas cosas que me oculto cuando es estrictamente necesario. Mi cabeza es así. Esto es otra excusa más.
Al final tenemos un montón de excusas, un niño que no quiere irse a dormir, un texto raro y una noche de mierda en la que destapado hace frío y tapado calor.
¿Y si he cruzado algo sin darme cuenta? ¿Y si me estoy volviendo loco? ¿Y si la noche dura menos de lo que creo? ¿Y si simplemente me aburro de estar vivo?
¿Y si me dejo suelto?
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